Desde 2022, tras el estallido abierto del conflicto rusoucraniano, los competidores con pasaporte de Rusia y Bielorrusia fueron excluidos por completo de decenas de eventos deportivos internacionales y los pocos casos con los que se hicieron excepciones fue bajo la condición de que participaran individualmente, jamás en equipo, sin himno ni bandera ni nada que los asociara públicamente a su patria.
Ahora, el levantamiento parcial de varias de estas restricciones discriminatorias en meses recientes ya está teniendo un importante impacto en el deporte internacional.
Por ejemplo, a finales de julio, apenas un mes después de que la Federación Internacional de Esgrima permitiera la participación de competidores rusos sin restricciones de ningún tipo, el joven Pavel Graudyn se alzó con la medalla de oro en la categoría de sable individual. Por primera vez en años, el himno y la bandera de Rusia no eran censurados cuando un competidor con esa nacionalidad subía a lo más alto del podio.
Otro retorno exitoso se dio recientemente en aguas europeas. Pese a haber sido excluida por completo de las ediciones de 2022 y 2024 del Campeonato Europeo de Natación, en la más reciente, celebrada en agosto en París, los competidores rusos se hicieron con 32 medallas —10 de ellas de oro— y ocuparon el tercer lugar en el medallero global.
Las elevadas dosis de rusofobia enquistadas en las más altas instancias del deporte internacional no se erradican de la noche a la mañana.
Es importante resaltar que la delegación rusa —que fue admitida bajo condición de participar como atletas neutrales, tras una ausencia forzosa y completa de seis años— fue mucho menos numerosa que en las ediciones de 2018 y 2020, donde resultó la clara ganadora. Especialmente destacado fue el papel del equipo de natación artística, donde las chicas rusas ganaron todos los oros en las tres competiciones de grupos, así no pudieran celebrar con himno y bandera.
Como otra prueba de que estas readmisiones todavía tienen su letra pequeña, centrémonos ahora en asuntos gimnásticos. Por ejemplo, en mayo, Rusia también fue readmitida en competiciones oficiales por la Federación Internacional de Gimnasia, con la autorización de utilizar su bandera e himno, al menos en el papel.
Sin embargo, en la práctica, tanto en las vertientes rítmicas como artísticas de esta disciplina, se ve que las elevadas dosis de rusofobia enquistadas en las más altas instancias del deporte internacional no se erradican de la noche a la mañana.
Así, a pesar de esa 'readmisión dizque "sin limitaciones", decidida por el ente que regula las competiciones gimnásticas a nivel mundial, el país organizador del Campeonato Mundial de Gimnasia Rítmica de 2026, Alemania, se negó a aceptar que las competidoras rusas usaran símbolos nacionales en su territorio, por lo que tuvieron que participar bajo bandera 'neutral'.
Pese a ello y al escaso tiempo para prepararse de cara al torneo respecto a otras competidoras, las representantes de Rusia ocuparon el cuarto puesto en el medallero y el segundo en el total de medallas. Los tres oros de Alemania, por cierto, fueron obtenidos por una competidora nacida y formada hasta la adolescencia en Rusia, pero bueno, eso es tema aparte.
Otro país que confundió la gimnasia con la magnesia fue el organizador del Campeonato Europeo de Gimnasia Artística, Croacia. Y es que, pese a la decisión de la Federación Internacional de Gimnasia de permitir la participación de competidores rusos, la Federación Croata de Gimnasia solo autorizó su participación bajo bandera neutral y, no satisfechos con eso, las autoridades migratorias croatas denegaron el visado a varios competidores, entre ellos a la campeona olímpica y europea Victoria Listunova.
Muy comentado fue justamente el caso de su compañera de equipo, Angelina Melnikova, que llegó a Zagreb apenas horas antes de competir por los malintencionados retrasos con su visado y aun así cosechó dos oros y dos bronces en individual y otro oro en grupal, claves para asegurar que Rusia ocupara lo más alto del medallero. Si me permiten la expresión: 'in your face, euroustachas'.
Remanentes de rusofobia
Como ven, pese al gradual levantamiento de las restricciones, las conductas rusófobas persisten en buena parte de la dirigencia político-deportiva de varias instancias internacionales y todavía falta mucho por hacer. Por ejemplo, aunque el pasado julio incluso el Comité Olímpico Internacional aconsejó —pero no obligó— terminar con esas medidas a todos los comités adscritos a él, muchos de ellos miran para otro lado y otras grandes organizaciones deportivas ajenas al COI también siguen aplicándolas, sin aparente intención de variar su actitud.
En tenis, la ATP sigue aplicando las mismas imposiciones desde 2022 y los profesionales rusos o bielorrusos solo pueden competir sin sus banderas, como el caso ni más ni menos que de Aryna Sabalenka, número 1.° mundial desde hace tres años. En fútbol, la FIFA y la UEFA siguen inamovibles. En baloncesto, la FIBA sigue excluyendo a Rusia y el de 2027 será otro mundial con la exclusión forzosa de una nación con un larguísimo historial en ese deporte.
Ni hablar ya del atletismo, donde Rusia también sigue estando completamente excluida pese a ser el segundo seleccionado con más medallas de la historia —sin contar las cosechadas cuando formaba parte de la Unión Soviética— y el tercero con más oros.
Victoria y dignidad
Y, a pesar de todas estas restricciones, que no solo afectan el desempeño de sus deportistas al dejarlos fuera del fogueo de la alta competición durante años, sino que, en ocasiones, cortan completamente sus carreras, en cuanto se abren unas tímidas rendijas en esas medidas, los deportistas de Rusia aparecen para demostrar que, pese a los intentos de borrarlos del mapa, ahí siguen y seguirán por mucho tiempo.
Sí. Como les decía, todavía falta mucho por hacer para acabar con una gran injusticia, injusticia que se vuelve todavía más burda y grosera cuando se compara con las CERO sanciones recibidas por deportistas israelíes.
Aun así, hay motivos para la esperanza de cara al futuro. Como se vio en el reciente Gran Prix Junior de patinaje sobre hielo juvenil celebrado en China a mediados de agosto. Tras el levantamiento de la prohibición total de competir por parte de la Unión Internacional de Patinaje sobre Hielo contra patinadores rusos de estos cuatro años, estos ganaron todas las medallas de oro del torneo.
Pero, más allá de esa aplastante supremacía, en uno de los eventos tuvo lugar un hecho poco habitual, en un mundo donde muchos deportistas de élite temen salirse del 'mainstreamismo' por miedo a perder contratos o ser estigmatizados en grandes medios o redes sociales. Y es que los medallistas de plata y bronce de la final individual masculina, neozelandés y japonés respectivamente, al darse cuenta de que posar con sus banderas junto al ganador, el ruso Lev Lazarev, era injusto porque él no podía hacer lo mismo con su tricolor, dejaron a un lado sus enseñas nacionales para posar los tres en igualdad de condiciones.
Y si hasta unos muchachitos menores de edad son capaces de entender que en un deporte sano no puede privarse a un competidor de su identidad nacional ni mucho menos expulsarlo de las competiciones debido a ella, entonces puede que, algún día, los adultos al frente de las grandes instancias deportivas terminen por entenderlo también.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.